(delegación argentina visitando la feria del tejido en La Ligua)Desde un avión monte Aconcagua te vi…tal como impresionó al Gato Alquinta, el cruce de la cordillera de Los Andes no deja indiferente a nadie. Estremecedora. Telúrica. Echada en un sueño ancestral como un gran animal prehistórico, la cadena montañosa que separa a Chile de Argentina parece interminable; a tiro de cañón de los flashes de las cámaras que intentan inmortalizar el paisaje de los desnudos macizos andinos.
Inmediatamente al cruzar la manga de desembarque, Buenos Aires se aparece ante nuestros ojos. Impresionante. Son kilómetros de autopista que van atravesando la gran capital entre bosques de edificios. Nuestro guía, comienza a hacer gala del manejo de estadísticas y conocimientos con toda la característica verborrea bonaerense que les ha dado fama en todo el orbe.
La gran capital es un monstruo que parece devorar a sus diminutos habitantes. Edificios que se pierden en medio de la espesa humedad. Orgullos reverenciales no sólo para los inmortales, también para la avenida más ancha del mundo o el gomero de la Recoleta cuyo diámetro es difícil de calcular, todo entre amplios parques, plazas y jardines con innumerables edificios de arquitectónicas líneas francesas, algunos de los cuales lucen las características gárgolas que protegían las ciudades medievales.
Noche de viernes en la gran capital. El aire se corta con tijeras. El pulso político y económico de Argentina lo medimos consultando la opinión del taxista. Entre el chofer porteño y Samuel que así se llama nuestro guía, despedazan a Menem y a toda la clase política argentina. Nuestro destino es la tanguería La Casa de Troilo. Ahí está “Pichuco”,caricaturizado con su mágico bandoneón y las angelicales alas que grafican el carácter de quien es considerado uno de los bandoneonistas históricos de la República Argentina.
Junto al nutrido comercio de pizzas, bistró, cueros y chocolaterías se erigen sinagogas , mezquitas y gigantescos estadios como “La Bombonera” y el “Monumental” que han conocido la pasión, la gloria y el fracaso de los “Millonarios” , “Los Bosteros” o “Los Gauchos de Boedo”. Así es Buenos Aires. Cosmopolita. Único. Europeo. Igual que Charly y Diego, adorado y pecador. Con miles de tanos en busca de la tierra prometida, donde el maná del granero del mundo y las vacas a las puertas de la capital, atrajo a napolitanos, genoveses y sicilianos a ocupar los conventillos a orillas del Río de la Plata, convertido hoy en una cloaca, cuyo hedor golpea las narices de los turistas que buscan posar junto a la oscura calle Caminito, otrora paseo alegre y bullicioso, donde las minas, cafiolos y atorrantes se encontraban en los innumerables salones de bailes del sector.
El Cementerio de Chacarita tiene entre sus eternos habitantes a todos los mitos argentinos que deambulan entre los vivos. Los mismos que podemos encontrar noche a noche en los mágicos rincones del gran Buenos Aires como La Casa de Troilo; El Tortoni o en San Juan y Boedo enclavado en el barrio sur de la gran capital, donde el “troesma” Manzi decía que “él no era hombre de letras sino hacía letras para los hombres”. La ciudad de los muertos como es Chacarita, tiene ese que se yo… donde Gardel, “Pichuco” Troilo, Pugliese, Sandrini o Pedernera salen a recibir a sus amigos. Con su eterna sonrisa y el infaltable cigarrillo entre sus dedos el “Morocho del Abasto” continúa después de aquel lejano 24 de junio en Medellín, recibiendo a diario, flores frescas y cientos de placas con agradecimientos y saludos que apretujadamente intentan mantenerse en el tiempo, dando muestras del aprecio y admiración de quienes desde Toulouse, Chile o el lejano oriente llegan hasta el camposanto a reverenciar lo que para algunos es el último refugio de los argentinos: vivir la nostalgia de tiempos que no volverán, donde el fútbol y el tango impreso en el ADN cultural de los bonaerenses parece mitigar las penas de un Buenos Aires que se resiste a apagar el neón del Colón o del mítico Luna Park, “el estadio techado más grande de Latinoamérica”, como orgullosamente señala nuestro guía, que ha trajinado como un ratoncillo cada rincón de Buenos Aires.
En Corrientes o en Florida, el boulevard más antiguo de esta parte del planeta, aún es posible sentir los aromas de los perfumes franceses o vitrinas con finos trajes llegados de Londres o del mismísimo Milán; eso si, ahora en medio de mendigos y niños que por unas desvalorizadas monedas intentan arrancar de pequeños acordeones, retazos melódicos de algún viejo gotán.
El galopante proceso de globalización, acelerado por el espectacular avance de las comunicaciones, ha puesto el conocimiento y la información en la palma de la mano de los habitantes del mundo, uniformando el paisaje urbano y derribando muros y fronteras económicas con carreteras concesionadas, el glamour de monumentales shopping, como “El Mercado del Abasto” y los íconos de la globalización como son la televisión satelital e internet, imponiendo modas, gusto y tendencias.
La desenfrenada pasión que el patrimonio instalado en el colectivo social ha mantenido durante decenas de años, “a pesar de la crisis”, como ellos no se cansan de repetir, son las únicas respuestas, a este designio del destino, convertido en una verdadera contradicción histórica, de vivir la pobreza en uno de los países más ricos del planeta. Donde insignes personajes, venerados en sus tumbas, no sólo le otorgan el sello identitario sino que, se transforman en héroes populares, que le dan la inmunidad a toda contaminación cultural; sin embargo esa misma historia parece ser una sombra de la cual su gente pretende escabullirse, viviendo la permanente desconfianza hacia sus gobernantes y la añoranza que provoca entre los más desposeídos la figura del general Perón, desconociendo o queriendo ignorar las condiciones de recuperación económicas que experimentó el mundo en la postguerra y que provocaron el desmedido crecimiento económico argentino.

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